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1-En qué puede ayudar el psicólogo. 2-.El dolor y la salud mental.
1-En qué puede ayudar el psicólogo.
La atención de estos pacientes, supone un reto para el psicólogo ya que muchos enfermos no quieren ni oír hablar de un psicólogo. “Yo no estoy loco”, “para que necesito un come-cocos”, son expresiones corrientes que se oyen en consulta.. La mayoría ya han pasado antes por consulta del psicólogo ya que les han dicho que todo estaba en su cabeza, que el dolor era imaginario, que eran unos quejitas y a los familiares que no había que prestarles atención. De modo que la desconfianza es doble por un lado piensan que el psicólogo no puede ayudarles, porque lo suyo “no es de cabeza” y por otro lado le miran con desconfianza, a ver de que lado estamos. Por otra parte, los tratamientos psicológicos no son como los médicos. La relación médico –paciente no es la misma que psicólogo – paciente. La terapia requiere tiempo, paciencia, y que el afectado ponga mucho de su parte, no hay soluciones fáciles, ni el psicólogo puede meterse en la cabeza del paciente a arreglar cosas. Por esta razón, muchos pacientes no vuelven a consulta. Y es un grave error, porque buena parte del tratamiento paliativo de las enfermedades crónicas debe abordarse desde una perspectiva psicológica. El paciente tiene que enfrentarse a grandes retos, cambiar de hábitos de vida, cambiar todo su esquema vital, su manera de percibir a los demás y así mismo, asimilar sus nuevas condiciones de vida, en definitiva adaptarse y aprender nuevas estrategias para enfrentarse a nuevos retos. Y es ahí donde el psicólogo puede prestar su ayuda, enseñando un camino nuevo a recorrer, no desde la altura del que todo lo sabe, sino como un apoyo constante en eso que llamamos la “alianza terapéutica”, Es el propio paciente quien debe tomar sus decisiones y recorrer su camino, pero el profesional está ahí para darle algunos truquillos y servir de guía. En ese sentido la terapia psicógica es más flexible que un tratamiento médico, ya que conseguir una calidad de vida aceptable, a pesar de estar enfermos, requiere mucho esfuerzo, por parte del enfermo y también del entorno.
Desde el punto de vista de la psicología, el dolor físico continuado, provoca una situación que los psicólogos llamamos, Indefensión Aprendida. Este es un concepto que acuñó un psicólogo llamado Selignam. Es decir, ante una situación de daño continuado, incontrolable, que escapa por completo a la voluntad de la persona y que supera sus recursos de afrontamiento, la persona se derrumba, se siente víctima, se siente indefensa y llega a creer que nada de lo que haga servirá para mejorar su situación. Es un poco la figura del perro apaleado, que se acostumbra a los golpes. Este mecanismo, no ocurre solo para el dolor, puede producirse por situaciones tan enfermizas como un acoso moral, en el trabajo, en la escuela, un accidente, pero en este caso con el agravante de que el cuerpo se convierte en el peor enemigo, aquel que llevamos dentro. De esta manera, cambia el “locus de control”, es decir, las personas piensan que no controlan su vida y esto les lleva a rendirse, a dejarse abatir. Naturalmente, es un camino seguro hacia la depresión. -En una situación altamente estresante como es el afrontamiento del dolor, el cuerpo y la mente, se preparan para una lucha larga y dura, y aparece la ansiedad. Cuando el enemigo no se le puede vencer a largo plazo, cuerpo y mente se agotan, los recursos se consumen y se pasa a la depresión. No tiene nada de raro que ansiedad y depresión vayan asociados en muchos casos, a las enfermedades dolorosas. Lo raro sería que una persona que afronta en su vida mucho dolor físico, problemas familiares, incomprensión, problemas en el trabajo, esté como unas castañuelas, pero eso no es razón para que se diagnostique que la base del problema es la depresión, como ocurre en muchos procesos de dolor crónico. -A todo ello, hay que asociarle la incomprensión que generan este tipo de enfermedades. En cierto sentido un cáncer es algo que todo el mundo conoce, que es visible y palpable y la familia no puede ignorarlo ni pensar que el enfermo se lo inventa. Pero el dolor es subjetivo, no es visible para nadie lo que podemos sufrir y el grado no es constante, unas veces es más alto e incapacitarte y otras más bajo y se puede casi hacer vida normal. De modo que es muy fácil echarle la culpa al propio paciente pensando que se lo inventa, que exagera, que no aguanta nada, que lo hace para escaquearse etc. Como además el dolor genera mucha frustración y mucha ira que en muchos casos se descarga sobre los familiares próximos, pues así se genera un cuadro de soledad, de aislamiento que no favorece en nada la normalización del proceso. -El enfermo de dolor crónico en general, tiene un concepto de sí mismo muy deteriorado, piensa que “ya no es el de antes”, “ya no valgo para nada”, “vivir así no vale la pena”, y sobre todo “no puedo más” Y continuamente se pregunta ¿porqué a mi? Es una sensación lógica de injusticia, de buscar causas y culpables que lleva a pensar al enfermo, que merece su enfermedad. El sentimiento de culpa es muy profundo en estos pacientes, culpa por ser una carga, por no poder trabajar, por sentirse hundidos. El peor enemigo es la resignación, aceptar sí, aceptar la enfermedad, aceptar que no se puede hacer el trabajo que antes se realizaba, aceptar que necesitas la ayuda de los demás, pero nunca resignarse pensando que no puedo hacer nada, porque esto no es cierto, es como un cáncer mental, una venda de negrura en los ojos. Es verdad que nuestras opciones pueden ser limitadas, el dinero escaso, el apoyo nulo, pero eso no significa que no puedan mejorar, porque seguimos siendo dueños de nosotros mismos, la enfermedad y el dolor no nos ha quitado eso y aún podemos tomar nuestras propias decisiones.
Como ya hemos dicho es un cambio radical de mentalidad, un “cambio de chip”. -Primero viene la duda, la confusión, el miedo: “¿Esto es para toda la vida?”, “qué va a ser de mí” En los días malos, nos hundimos “esto no es vida”. En los días buenos, cuando el dolor remite, vienen las falsas esperanzas “parece que voy mejor”. Me hundo, me deprimo y me rebelo, siento una terrible rabia una sensación de profunda injusticia y un cierto sentimiento de envidia hacia los que están sanos. El estado de ánimo es irritable, en ocasiones injustificadamente optimista, variable. Algunas personas permanecen en esa etapa años, luchando contra su propio cuerpo, rebelándose contra la enfermedad, intentando ir tirando a base de pastillas, pero sin hacer cambios importantes en su forma de vida y en la forma de afrontar los retos. Tras un cierto tiempo, cuando no pueden más, estas personas se hunden. -La siguiente fase que no necesariamente tienen que ir una detrás de otra, depende mucho de la persona. Es de aceptación. Algunos, de pura sumisión hacia las circunstancias. Asumes que estás enfermo, aprendes a escuchar tu propio cuerpo, a saber cuando debes descansar y te centras en tus nuevos límites. Te informas. Y las personas a tu alrededor también se adaptan a la nueva situación, les lleva tiempo, por supuesto, también para ellos es difícil de comprender y difícil asumir tantos cambios, pero muchos lo hacen y te animan y te apoyan. -Tras la aceptación, viene una especie de calma que te permite volver a ver el lado bueno de las cosas y disfrutar de la vida. Con otros parámetros, con otras expectativas pero aprovechando más que antes incluso los momentos buenos. Aprendes a valorar las cosas pequeñas, los días buenos se disfrutan más intensamente y los malos pasan con menor angustia. No quiere decir esto que no tengas que afrontar problemas constantemente, pero también es así para las personas que están sanas. No se puede esperar a que la vida sea perfecta para disfrutarla, hay que sacar lo bueno que hay aquí y ahora
Es terapia de grupo casi siempre, lo que le da unas características diferentes. Por ejemplo hay que asumir que los ejercicios terapéuticos no los hace nadie, pero el grupo proporciona apoyo social del grupo a personas, que por su situación, tienden a aislarse. Se requiere que el terapeuta sea directivo, y equilibre el tiempo entre los participantes. Algunas personas, no quien hablar y hay que animarles a expresarse, otras en cambio, tienden a acaparar la atención y hay que aprender a ignorarles. Hay que tener claro que no se mejora de un día para otro, y saber que nadie te puede ayudar si tú no te ayudas. Pero efectivamente, las habilidades para enfrentase al dolor, también pueden enseñarse y aprenderse. Tres pilares básicos son los que se apoya la forma de ser de una persona y los tratamos todos ellos. - Emoción. - Cognición - Y conducta.
En el plano de los sentimientos, es de vital importancia reconocer las propias emociones y luego las de los demás. Nuestras emociones no se pueden reprimir ni controlar, por tanto nadie es culpable de sentirse de una forma o de otra. Pero sí se puede aprender a reconducirlas y a expresarlas de una forma positiva. Por ejemplo, las emociones negativas. Tristeza. Es bueno desahogarse, sí, pero no compadecerse ni buscar la compasión fácil de los demás. El objetivo de la terapia es más ambicioso que el mero hecho de desahogarse y por eso no se deben fomentar las quejas, porque restan tiempo valioso y no nos sirven para avanzar. Ira. Aprendemos formas positivas de canalizar los sentimientos de ira, aprendiendo cuando, donde y con quien debemos quejarnos y enfadarnos. El enfado no puede quedar reprimido, porque entonces se queda en amargura, pero tampoco puede salir violentamente sin control Es posible llegar a “domesticarlo”. Culpa. Este es un sentimiento muy dañino, muy difícil saber que está ahí haciendo daño. Lleva mucho tiempo y esfuerzo calmar el sentimiento de culpa y eso pasa por la aceptación de uno mismo y de sus circunstancias.. El miedo. El miedo está ahí, como un animal al acecho, miedo a no valerse por uno mismo, miedo a que la enfermedad vaya a peor. El miedo, para conseguir afrontarlo, hay que expresarlo en palabras y racionalizarlo, ver hasta que punto es realista y hasta que punto nuestro temor se alimenta a sí mismo engordando como un parásito. Humor. Se debe intentar fomentar las emociones positivas, en especial el humor. Llega gente que literalmente hace meses que no se ríe. Fomentar la risa es básico para afrontar las situaciones difíciles. En terapia se hacen ejercicios como: como ridiculizar alguien que nos hiere, buscar salidas absurdas a situaciones sin salida, y ejercicios de risoterapia como hacer muecas. El solo hecho de reír tiene numerosas cualidades positivas sobre el organismo, pero es que además psicológicamente, el humor es un arma decisiva para superar toda clase de obstáculos.
6- Reestructuración cognitiva.
Las personas son lo que piensan, la voz interior que todos llevamos dentro nos condiciona en todos nuestros actos. A esta parte de la terapia, la llamamos reestructuración cognitiva. Intentamos localizar y destruir o al menos, empequeñecer, los pensamientos negativos, fomentando en todo lo posible los pensamientos positivos. A nivel cognitivo, también trabajamos la memoria y la atención, muy disminuidas a causa del dolor. Los procesos de dolor crónico, no causan pérdida de memoria, pero sí disminuyen la atención para memorizar y la evocación para recordar, por ello, los enfermos están aterrados pensando que pierden capacidad intelectual, cuando esto no es más que una ilusión. Estas cualidades, se pueden trabajar directamente con ejercicios de tipo psicotécnico y es bueno llevar una agenda o libreta donde apuntar lo que continuamente se nos olvida. La conducta sí que depende enteramente de nosotros mismos. Es difícil controlar lo que sentimos y pensamos, pero sí podemos ver claramente lo que hacemos. A nivel de conducta trabajamos: La relajación. Esto es básico en todas las terapias psicológicas, pero sobre todo es imprescindible en procesos de dolor, donde la tensión acumulada en el organismo provoca o intensifica episodios de dolor. La planificación de tareas. Puesto que la capacidad de trabajo se ha limitado, es necesario aprovechar el tiempo al máximo, pero sin agobios. Es fundamental dividir la tarea en partes más sencillas, para poder descansar y para no sentirnos avasallados por la magnitud de la tarea. Aprender a dar prioridades, ver que es lo principal y que es secundario y sobre todo limitar en lo posible las tareas que nos imponemos a nosotros mismos. Por ejemplo, un ama de casa puede estar muy apurada porque ahora ya no le da el tiempo para todo, en ese caso, hay dejar de sentir como una tarea importante planchar sábanas, por ejemplo. Es decir, simplificar las tareas todo lo posible. Asertividad. Uno de los temas que más tratamos y que más insistimos es aprender a manejar las relaciones con los demás, es decir, la asertividad. Ser capaz de decir no, de expresar necesidades de forma clara para que los demás nos comprendan. Manejar temas administrativos y de trabajo
En definitiva se trata de ir pasito a pasito y poco a poco sentirse mejor, manteniendo la esperanza, sin buscar milagros ni falsas recuperaciones, pero sabiendo que es posible disfrutar intensamente aún del tiempo que nos queda por vivir.
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